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La leyenda del pescadory las dos sirenitas

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En una playa de Los Alcázares hay una estatua dedicada a un pescador que va acompañado de dos sirenitas. Si quieres saber el por qué y quienes son, debes seguir leyendo... .

EL CUENTO DEL PESCADOR Y LAS DOS SIRENITAS
 
Jacinto se había levando temprano esa mañana. Apenas eran las cinco y, en la noche todavía cerrada, una espesa bruma cubría el oscuro espacio dejando gotitas de agua sobre el lomo de su mula Patricia. Un dócil animal que tuvo tiempos mejores en los que se adivinaba una lozanía perdida y ahora los achaques propios de la dura rutina del trabajo y la escasa alimentación. De hecho arrastraba lastimosamente una pata cada vez que iniciaba su andadura, renqueando hasta que le enérgica voz de su amo le obligaba a acompasar su paso al perro que a esas horas no dejaba de ladrar. Como si un mal presagio se adivinase en lontananza. No obstante, el pescador había cargado las redes y los cebos, y aceleró el paso porque las dos horas que todavía le faltaban para llegar a la playa de Los Alcázares seguro terminarían por disipar las sombras brumosas del amanecer. Desde hacía varios días había recogido sus redes sin que ningún pescado hubiese tenido a bien dejarse atrapar. No podía regresar, otra jornada más, sin un alimento que aportar a su familia, ya que la desesperación de su mujer por no poder dar algo nutritivo a sus dos hijos pequeños le tenían sumido en una continua zozobra. En los buenos momentos las doradas, lubinas, lechas y anguilas le habían permitido hacer intercambio con el cabrero que le proporcionaba la leche para sus retoños e incluso con los agricultores que le proporcionaban alguna hortaliza en invierno y los cereales en el verano con los que amasaba el pan. Pero aquellas eran unas tierras resecas que apenas producían, salvo en aquellos rincones donde alguna fuente inundaba los campos cercanos de una variedad inusitada de fruta y verduras.  
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Afortunadamente el camino se hacía casi en línea recta y sin apenas ondulaciones del terreno pues solamente a lo lejos se recortaban los montes de la Sierra de Carrascoy a la derecha y los otros más cercanos de la  Sierra minera de La Unión a la izquierda, lo que evidentemente facilitaba su deambular y desgraciadamente el de los piratas berberiscos que tan a menudo realizaban sus razias por toda la comarca, robando, saqueando y, lo que es peor, secuestrando a personas para venderlos como esclavos.
Conforme se iba acercando al Mar Menor pudo ver como el sol empezaba a aflorar entre las dunas frontales de la playa en una línea que muchas veces no acertaba a adivinar si eran las arenas del pequeño poblado de Los Alcázares o aquellas lejanas en La Manga. En ocasiones perdía de vista el Mar Menor y hasta que no llegaba cerca de la orilla no podía distinguir el azul intenso de sus aguas. Que por cierto, hoy estaban calmas y quietas en suave remanso, como si en la bravura de las últimas jornadas se tomaran, por fin, un descanso. Algo que podía aventurar una buena pesca, ya que facilitaba su labor a la hora de extender las redes que realizaba metiéndose en el agua hasta que le llegaba al pecho, pues su extrema pobreza no le permitía disponer de una pequeña embarcación. Bueno, tuvo una barquichuela que le había dejado en herencia su padre, pero en una de las invasiones de los piratas, éstos la habían hundido, y aunque posteriormente recuperó parte de las maderas no pudo realizar un correcto ensamblaje y terminó haciendo alguna fogata en la que se calentaba en los días más fríos mientras se cambiaba la ropa mojada, después de extender el aparejo. El día transcurrió lentamente, pero fue muy agradable dejarse acariciar por el sol, al que expuso su torso desnudo para que caldeara sus huesos que empezaban a presentar síntomas de un tempranero reuma.  Pudo almorzar un pequeño mújol que se había quedado atrapado en un charco de los muchos que se habían formado tras los vaivenes de las aguas. Mitigó el hambre, confiando que al sacar las redes en el atardecer su suerte se viese claramente favorecida por una gran recolección de peces.   
Declinaba el día cuando tomó la decisión de sacar el aparejo. Tuvo una primera impresión de que algo grueso y pesado se había enganchado a las redes, porque a pesar del esfuerzo cada vez le costaba más arrastrarlas hasta la orilla. De hecho, las puso sobre sus hombros y de espaldas al mar volcando todo su vigor en tirar de ellas, avanzó  a penas algunos pasos. Cuando levantaba la vista y la clavaba en el horizonte una multitud de colores llegaban a sus ojos, mientras un sol inmenso pugnaba por mantenerse firme aún a costa de ir perdiendo intensidad entre los lejanos montes de Cartagena. Esa luz final le aportó la energía extra para seguir acarreando la malla, aún con el temor latente de que los hilos de cáñamo terminasen por romperse o producir grandes agujeros que luego le costarían mucho reparar. Todavía le quedaban varios metros de red dentro del agua, por lo que supuso que la pesada carga se habría enredado al final del copo. Optó por entrar en el mar e ir tirando alternativamente de uno y otro lado. Definitivamente el sol se había ocultado, pero por contraste y en la lejanía del repecho de Cabo de Palos empezaba a despuntar un aro blanco que fue marcando un sendero quebradizo en las quietas aguas de la laguna. Esto le daba tregua para tomarse la dificultad del arrastre con cierta tranquilidad,  aunque su perro Miku temiendo la noche había ladrado nervioso hacía el mar como si intuyese  que algo desconocido iba a emerger de su profundidad. Desde luego, nunca había visto a este canino ratonero tan medroso, por eso la inquietud por terminar de sacar las redes se volvió un poco angustiosa. De nuevo, entendió que la mayor fuerza que podía ejercer era volviéndose de espaldas al mar para echar sobre sus fornidos hombros el sedal y arrastrar, con una energía que ya empezaba a escasear, la traína. En esa lucha titánica empezó a vislumbrar que ya tenía ganada la partida, pues de pronto y aún de espaldas, apreció que la resistencia había disminuido y que por tanto las redes estaban fuera y su enorme pescado estaría saltando sobre la oscura arena.
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Se giró conteniendo la emoción, pues no era habitual conseguir peces de gran tamaño y en esta ocasión creyó que las piezas serían importantes. Aunque la luna empezaba a levantarse sobre el montículo del cabo y se enseñoreaba del cielo, todavía su rastro blanquecino iluminaba les redes sobre la playa. La sorpresa al investigar el cargamento de pescado fue mayúscula: nada. Redes vacías. Imposible, el destino no podía jugarle tan nefasta pesadilla. Aun así rebuscó entre el sedal. Por todo junto encontró dos caballitos de mar y dos insignificantes chirretes que tomó en sus manos. Miseria; pensó que al menos sus hijos tendrían oportunidad de jugar con esas formas óseas tan transparentes como la cálida luz que marcaba sus simpáticas figuras. Pero una vez más llegaría sin comida a casa, porque dos escuálidos e insignificantes pececillos que se sujetaban de una extraña forma al cuello de cada uno de los caballitos no aportaban alimento alguno. Sobre sus manos, antes de ser devueltos al mar, los dos pececillos empezaron a mover sus colitas mientras un peso insoportable le obligó a dejarlos sobre la arena. Sus ojos no comprendían la transformación que se mutaba en estos minúsculos animalitos, que crecían de tamaño mientras hacían su aparición algunas características humanas. Miku ladraba desaforado y Jacinto decidió dar unos pasos hacia atrás sin perderle la cara a tan anómalo suceso porque los peces agrandaban más sus perfiles, sólo que estos ya dibujaban sendas figuras de mujer. Le incredulidad por lo que estaba aconteciendo le llevó a pensar que se estaba trastornando por momentos, como si una incipiente locura hubiese invadido su mente. Ya no acertaba a discernir si lo que sus ojos veían era una realidad o el resplandor de la luna le confundía de manera tan esquiva. Sin embargo, ahora podía apreciar como las aletas se convertían en brazos y en la parte frontal crecían dos maravillosos y bien modelados pechos que un largo pelo rizado, rubio en un caso y azabache en el otro, trataban de ocultar.
Tan extraordinario acontecimiento sólo podía ser fruto de algún embrujo, por lo que no acertaba a  apreciar, en el suave murmullo de la brisa, lo que parecía el sonido de una voz que le animaba a acercarse. Armado de valor vislumbró, lo que los ancianos contaban en sus cuentos ante la lumbre en los duros meses del invierno, y que todavía recordaba de cuando era un niño, que ciertamente eran sirenas. Los rasgos aterciopelados de unos agradables y simpáticos rostros de jovencitas  le fascinaron al instante. Jamás había visto mujeres de tan magna belleza moviendo sus extremidades superiores  invitándole a ser partícipe de un gran abrazo. Algo que no admitía ni haría bajo ningún concepto, pues seguro que aquellos brazos eran unas mal disimuladas garras y la sensual sonrisa debía esconder unos afilados dientes que terminarían por destrozarle. No obstante, a aquellos seres acuáticos todavía les quedaba una cola de escamas plateadas sobre las que el reflejo de la luna irradiaba una potente atracción. Al apreciar que sobre la arena aquellos seres sobrenaturales no tenían capacidad de desplazamiento, un punto de tranquilidad animó su espíritu pues siempre le quedaría el recurso de salir corriendo. Aunque básicamente su conciencia apuntaba en sentido contrario, que era el de acercarse para apreciar tan delicados rasgos femeninos.
 
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Ahora una voz mucho más clara le pedía imperiosamente que echase agua de mar sobre las colas. Comprendió que aquellos peces necesitaban la humedad para mantenerse vivos sobre la arena. Tomando el caldero, donde hervía sus escasas viandas o guisaba el poco arroz que a veces intercambiaba con sus vecinos, comenzó a mojar las colas de las sirenas, que cada vez mostraban un rostro más complacido. Una de ellas le interpeló por su nombre, y un: ”Jacinto” apagado brotó de sus labios, al tiempo que preguntaba azorado quiénes eran. Siempre la misma sirena, aquella que parecía mayor o sus rasgos aparentaban más firmeza le explicó que ellas eran las guardianas del Mar Menor, y protectoras de las personas bondadosas, con dotes casi divinas para hacer el bien. Preguntó Jacinto presuroso: “¿Creéis que yo soy bueno?”. “Te hemos visto trabajando animosamente  –le contestó-  muchas horas todos los días en este lugar, sufriendo las  inclemencias del desapacible viento de Levante y el intenso calor del verano, y aunque no siempre este mar haya sido generoso contigo, no has perdido la sonrisa tomando los pescados suficientes para tu supervivencia y devolviendo al mar los pequeñines o los que arrastraban sus huevos. Incluso en estas últimas jornadas, en las que nada aparecía entre tus redes, has sido constante y te hemos oído volver silbando a tu casa con las cestas vacías”. Él se tomaba por una persona sencilla y honrada, pero esas palabras en boca de unos seres misteriosos le hicieron henchirse de orgullo porque muy pocas veces su labor, sacrificio y abnegación le eran debidamente reconocidos. Más bien al contrario, su mujer solía reprocharle su escasa iniciativa y poco valor para emprender o realizar otros trabajos, ya que del fruto de la pesca difícilmente podían sobrevivir; pero el legado de su padre como pescador era algo a lo que jamás renunciaría porque siempre había confiado que alguna vez la suerte se pondría de su parte.  Por eso se sentó complacido entre las dos sirenas y les pidió que le contaran historias de la mar. Las horas se esfumaron veloces y apenas tuvo conciencia de que la noche estaba transcurriendo en un suspiro cuando apreció que el sol quería despuntar en un bello amanecer. Las sirenas le pidieron que las acercase a la orilla y en cuanto las pequeñas olas rozaron sus colas, desaparecieron de su vista. Tras unos segundos de incertidumbre Jacinto pensó que todo había sido un sueño y que definitivamente su mente le había envuelto en una extraña pesadilla.
Como siempre, recogió sus enseres que cargó encima de la mula y tomó rumbo a su casa sin concebir qué explicación podría darle a su mujer por haber pasado la noche fuera y llegar a su casa sin ningún alimento. Estaba seguro que ella no dudaría de su honestidad porque nunca le había sido infiel, además en su pequeño poblado todos se conocían y las mujeres permanecían juntas mientras sus hombres salían al campo para cultivar o cazar, o pescar, o a observar desde las torres de vigilancia que ninguna nave de corsarios se acercaba por sus costas (una tarea que se repartía entre los vecinos y que realizaban por relevos durante doce horas al día, tocando esta misión a cada lugareño un par de veces al mes en la llamada Torre del Rame). No obstante, llevaba en su interior un complejo de culpabilidad porque había sido inevitable mirar esos rostros hermosos e incluso los pechos sintiendo la punzada del deseo. Unas caras que le acompañaban danzando en su mente y que difícilmente podría arrancar de sus pensamientos; por eso decidió, con el fin de distraerse, lanzar unas piedras a lo lejos para que su buen y fiel amigo Miku se las devolviese juguetón dejándolas a sus pies. Incluso su mula que había tenido oportunidad de pastar las tiernas hierbas de los campos y volvía ahora sin apenas peso en sus alforjas, se movía tan dinámica como en sus años jóvenes. Antes de llegar a su poblado pudo distinguir a lo lejos, que de la chimenea de su casa brotaba un humo oscuro, por lo que sospechó que su mujer había encendido la lumbre sin entender el motivo, pues aquella mañana no era especialmente fría y tampoco habría nada que cocinar. Así que se acercó lentamente a la puerta, de aquella vivienda de adobe y paja, que permanecía entreabierta y llamó con un cierto desasosiego: “Isabel, ¿estás en casa?”, al tiempo que un delicioso olor de carne a la brasa llegaba hasta sus narices para despertar a su alicaído estomago con un sinfín de alterados jugos gástricos.
Su mujer le recibió hosca como de costumbre, pero después de lanzarle una dura mirada se volvió hacía su fogón degustando las chuletillas de cabrito que acaba de retirar del fuego, sin decir ni media palabra. Jacinto intentó darle un beso en el cuello, pero la mano grasienta de su mujer se lo impidió. Al volverse hacia la alacena contempló como un montón de frutas y verduras se entremezclaban con los escasos accesorios de cocina, por lo que tomó una manzana para paliar el hambre acumulado mientras decidía guardar la mula, y le encarecía a Miku que no molestase, pues no paraba de saltar en el entorno de su ama enredándose entre sus faldas para coger al vuelo algunos de los huesos que displicentemente dejaba caer. Cuando por fin pudo sentarse a la mesa para aprovechar parte de los alimentos que abundaban por doquier, preguntó a qué se debía esto. Su mujer se limitó a señalar que por la mañana, casi en el amanecer, un carro había parado ante la puerta de la casa, y dos hombres apuestos y fornidos, después de llamar y preguntar si allí vivía Jacinto habían comenzado a descargar todas aquellas viandas sin comentar absolutamente nada. El pescador relacionó inevitablemente aquel milagro, pues en el fondo le recordaba lo que el cura les explicaba en el sermón cuando hablaba de la multiplicación de los panes y los peces con los que Jesús había dado de comer a una muchedumbre de seguidores, con su encuentro con las sirenas y que por algún extraño prodigio éstas le mostraban su generosidad. Pensó que sería bueno que su mujer conociese aquella historia, y decidió contarle nervioso y balbuceante lo que le había pasado en la playa y la razón por la que no había vuelto esa noche a casa, mientras ella le miraba escéptica e incrédula, para terminar gritándole: “¡Imbécil!, eres un perfecto imbécil”.
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Jacinto no acertaba a discernir el porqué de aquellos gritos e insultos, por lo que más pusilánime  todavía preguntó que había hecho mal, a lo que su mujer totalmente enojada le contestó: “Has tenido oportunidad de pedir una casa nueva, y tú como siempre, ¡calzonazos!, dejas que las sirenas se vuelvan al mar”. No quiso desairar a su mujer, y pensó que tal vez tenía razón y que debería haber aprovechado para pedir algo importante; pero por otra parte, tampoco podía sospechar que fuese a recibir ningún premio de aquel encuentro fortuito. Se había acostado en su jergón de paja para intentar descansar un poco, aunque este devenir no le permitía conciliar el sueño. Hoy habría de nuevo luna llena y quizás las sirenas se dejasen atrapar de nuevo, pensó, dando vueltas sobre el duro suelo ya que la paja que debería hacer cómodo su descanso se había desplazado hacia los lados de tanto moverse. Apenas habían transcurrido un par de horas y la ansiedad por ver a sus primorosas criaturas le obligó a ponerse en pie. Llenó el zurrón con varios trozos de pan, por si se le ocurría luego echar algunas migas a los peces, una longaniza, una morcilla, un poco de queso y bastante fruta que le refrescaría en el camino. Incluso tomó algunos de los huesos, acordándose de su perro, que todavía quedaban esparcidos por algunos rincones de la cocina, y terminó de empaquetar su pequeño equipaje, sin olvidar una manta raída pues estaba convencido que esa noche la volvería a pasar en la playa. Creyó que lo más oportuno sería salir de casa sin decirle nada a su mujer, pero ésta siempre alerta y dando por sentado que su marido se iba a pescar sentenció con una maldición: “No volverás a ver a tus hijos, si no consigues el regalo que te pedí”. De nuevo la angustia se apoderó de su voluntad, porque aunque no viese mucho a sus dos hijos, por causa del mucho tiempo  que le absorbía su trabajo, sin duda eran los dos seres a los que más quería, muy por encima de la estima que se tenía a sí mismo.
Avanzó deprisa, a pesar de que el sol estaba en su cenit y en aquellos días del comienzo de la primavera, sin nubes en el cielo, picaba y le producía un intenso calor, por lo cual a la hora de colocar las redes en el agua aprovecharía para darse un remojón. Llegó a la playa ilusionado, confiando experimentar nuevas sensaciones y experiencias, mientras oteaba el horizonte para asegurarse que no había ningún barco extraño; quizás a lo lejos  una pequeña embarcación de vela latina que se dirigía hacia el embarcadero de Los Nietos, donde algunos familiares esperarían a la embarcación para recoger la pesca, llevarse el velamen y esconder la embarcación disimuladamente en alguna encañizada. Por lo demás el volvía a estar sólo, como de costumbre, en el punto de la playa que los del lugar denominaban de La Concha. Sacó sus redes que fue extendiendo cadenciosamente por la playa, tratando de reparar los hilos que habían resultado más dañados el día anterior, para luego introducirlas en la mar, cuyas aguas salobres se mantenían calmas y tranquilas. Una labor que le llevo un buen rato, y a la que se aplicó con mimo y sin prisas hasta la caída de la tarde, pues aquel día no había ido expresamente a pescar si no a rencontrarse con las sobrenaturales sirenas, ya que tenía una fe ciega en que saldrían para saludarle. Esperó pacientemente hasta que la luna se perfiló inmensa por detrás de las playas de La Manga, que hoy se había desplazado hacia su izquierda como huyendo del promontorio del cabo de Palos. Recogió un poco el sedal y en seguida aparecieron los caballitos de mar a cuyos lomos, aun insignificantes, se enseñoreaban dos minúsculas sirenitas. La alegría inundó todo su espíritu mientras depositaba mansamente aquellos idílicos seres sobre la arena, que empezaban a crecer según la luz de la luna les rociaba con su luz blanquecina. Les recibió con su enorme sonrisa y se prestó de inmediato a rociar de agua sus pesadas colas hasta que la transformación hubiese concluido y él pudiese admirar de nuevo la belleza de sus primorosas sirenas, que de la misma forma respondían a su saludo con otras generosas muestras de afecto. No se atrevía a comentar los verdaderos motivos de su vuelta porque le parecían muy injustas las exigencias de su mujer, pero es que además le seguía picando una sana curiosidad por saber y conocer algo más acerca de estas subyugantes compañeras, por lo que optó por preguntar cómo se desarrollaba su existencia en el mar y qué misión cumplían en aquel entorno. “Nosotras cuidamos de la organización interna en la comunidad de los peces que desarrollamos nuestra supervivencia en este medio marino “– le explicaron, evitando ínfulas de pedantería, aunque Jacinto no entendió a que se referían. “Por ejemplo, -matizaron- nosotras establecemos las guardias y el control en las golas, justo en el punto en que las corrientes del Mediterráneo penetran en la laguna, y con ellas se cuela a veces algún marrajo u otros escualos de los que nos tenemos que defender”. Aquello le pareció insólito al pescador, aunque le recordaba las guardias que le había tocado padecer en la torre de vigilancia con idéntico motivo: protegerse del enemigo; por lo que curioseo cómo planteaban la defensa. “Sencillamente, -le dijeron- nos agrupamos todos los peces de la laguna hasta conformar una bola impenetrable para hacerle frente y empujar al depredador hacia sus dominios o hacia zonas donde sabemos que los pescadores tienden sus redes”. En este punto el hombre cayó en la cuenta que en una ocasión había llegado a atrapar una tintorera, sabiendo que no es éste un pez de aguas cerradas y que más bien le gusta la amplia libertad mediterránea. Jacinto siguió prestando enorme atención a todas las historias que sus buenas amigas fueron desgranando para él a lo largo de la noche, sin que en ningún momento llegase a sentir el menor vestigio de sueño o cansancio, intentando aguantar hasta el último instante antes de trasladar la ambiciosa petición de Isabel. Llegado el momento y presintiendo que el sol no tardaría en despuntar les dijo muy agobiado: “Quiero daros las gracias porque ayer al llegar a mi hogar todo él estaba repleto de nutritivos y deliciosos alimentos, pero….”. No acertaba a continuar mostrándose todo compungido, mientras un par de lagrimones se desprendieron de sus ojos. “Por favor, continua” – le insistieron las sirenas. “Bueno, dijo éste, mi mujer quiere una casa que nos proteja de las inclemencias y que nos permita disponer de una habitación para nosotros solos, sin la presencia de los niños y de los animales…”.  La luna ya se había ocultado, por lo que sin esperar respuesta empujó a las sirenas al agua.
 
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Lo había dicho, y ya está. Tampoco debía esperar algo extraordinario, pues él se había aclimatado a su vivir en su rústica casita y no necesitaba nada, ni más grande, ni más hermosa, que ya tuviese; él sólo quería que sus hijos fuesen felices, por eso interpretaba los caprichos de su mujer como necesidades imperiosas de sus vástagos y por ello jamás optaría por contradecirle. Recogió de nuevo sus redes, le dio algunos huesos a su fiel Miku que había pasado expectante la velada sin quitar el ojo a las reacciones de su amo, y cargó los fardos en la indolente mula que comía los restos de las frutas que acaba de tomarse el pescador. Muy despacio emprendió el camino hacia la aldea, sin ganas de separarse de esa playa que le resultaba tan gratificante. Saludo a unos campesinos que faenaban a lo lejos, y pronto divisó a sus hijos que habían salido alborozados a su encuentro. Les tomó en brazos para besarles tiernamente mientras les dejaba sobre el lomo de la mula que comenzó a renquear de forma más notoria y alarmante. Los niños no cabían en sí de gozo, porque al despertar se habían encontrado en una habitación para ellos solos repleta de juguetes. Jacinto comprendió que el prodigio se había consumado y pronto descubriría una amplia vivienda de piedra rodeada de exóticas plantas, y de dos alturas que sobresalía por encima de todas las demás. Vio que su mujer permanecía en el amplio vestíbulo gesticulando aparatosamente mientras enseñaba orgullosa la casa a las cotillas de las vecinas.
Entró despacio, sin querer molestar y se dirigió a lo que supuso sería su dormitorio donde una espléndida cama con un dosel que la cercaba de finas sedas, parecía reclamar su presencia. Al mirar sus andrajosas vestimentas en contraste con el lujo de alrededor, le inundó una extrema vergüenza y decidió dirigirse al corral para ver si su colchón de paja todavía permanecía en aquella mansión. Efectivamente, en un rincón, sin que la mula hubiese tenido oportunidad todavía de destrozarlo encontró tirado su jergón. No lo dudo, aquel era su sitio, por lo que haciendo caso omiso a las voces bullangueras de las señoras que acompañaban en tropel a su mujer por el interior de la vivienda, decidió acostarse sin mayores reparos. Durmió sumido en un profundo sueño, que lo llevó flotando por encima de su cuerpo y de las aguas del Mar Menor que tanto le subyugaban. Ni tan siquiera vio el atardecer, hasta que la proximidad de la mula inquieta le terminó de desvelar. Acudió al amplio salón donde su mujer se solazaba en una mecedora de terciopelo rojo, que se movía al compás del abanico que ella agitaba perezosa entre sus manos. Al ver a su marido, Isabel se puso de pie para gritarle con todas sus fuerzas:   -“¡Eres un imbécil!”. Por lo que Jacinto no se atrevió a entrar, parado como estaba bajo el dintel de la puerta. Ella repitió: “Sí, un imbécil que no piensa en su familia, porque cuando lleguen los berberiscos será ésta la primera casa que comiencen a asaltar. ¿Y cómo nos defenderemos entonces?”. El hombre estaba perplejo, porque pensando en la seguridad de sus hijos indudablemente ella tenía razón. Miró al exterior y dedujo que aquella sería la última noche de luna llena, en mucho tiempo, por lo que sin demorarse más tomó alguna vianda para el camino y seguido de su perro se puso a andar sin importarle que, en esta ocasión, no llevase a su mula ni con ella las mallas u otros aparejos. Había luz suficiente para caminar y lo hizo presuroso para llegar rápido a su lugar en la playa.
 
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Debía ser media noche cuando las islas del Mar Menor se dibujaron en la distancia con unos perfiles nítidos. Ya en la playa, se sentó y empezó a silbar una dulce canción de cuna, al tiempo que las aguas comenzaron a agitarse y sus dos queridas sirenas emergieron hasta la arena. Ellas le rogaron que siguiese entonando esa nana que las había conmovido, pues al verlas salir del agua Jacinto había interrumpido su interpretación. Reanudó el ritmo musical apreciando, al mirarlas embelesado, como unos gruesos lagrimones corrían desfigurando el rostro de sus beldades que se desahogaban en una emoción contenida. La afirmación rotunda de las sirenas: “Nosotras también fuimos madres”, le pilló de sorpresa, por lo que preguntó el porqué de ese gesto emotivo y que le hablasen en pasado. “Jugando con nuestros pequeños en el Mar Mayor junto a la isla Grosa en un día de calma, un imprevisto maremoto arrastró a nuestros hijos mar adentro sin que pudiésemos hacer nada, pues nuestros poderes se circunscriben al entorno del Mar Menor y su zona de influencia”- le explicaron. Su afabilidad y empatía le ayudó a plantear entonces el encargo de su mujer, que él quiso trasmitir con una lógica que no era tal en la acostumbrada codicia de su esposa. “Yo también estoy preocupado por mis hijos y el gran temor que nos producen las incursiones de los corsarios, por eso… quería pediros que un castillo con sus soldados nos proteja de esa chusma” – solicitó el pescador. Ellas comprendieron su desazón, al tiempo que le comunicaban que aquella sería la última vez que se verían pues su metamorfosis y sus poderes era algo que sólo les ocurría cada cien años en tres días seguidos de luna llena, y que se mostraban sólo ante personas de magnánimo corazón. Aquello suponía la despedida y el alejamiento definitivo de sus enigmáticas amigas, por lo que se acercó a ellas y las abrazó tiernamente hasta que llegó el amanecer y ellas se escurrieron de sus manos para perderse en la profundidad de la laguna.  
Emprendió gozoso el camino de regreso a la aldea pues sabía que las sirenas no le iban a defraudar, y supuso que su mujer estaría dichosa porque acaba de cumplir su encargo. En esta ocasión no vio que sus hijos le esperasen en el sendero, pero en seguida pudo distinguir una torre almenada de lo que sin duda era un castillo rodeado  de una muralla exterior. Le infundió mucha tranquilidad para el futuro el saberse a salvo ante los ataques de los berberiscos, sin tener que salir corriendo a protegerse como era habitual en las frondosas laderas del Cabezo Gordo. Cuando llegó a la puerta de la fortaleza dos aguerridos soldados le cortaron el paso, pidiéndole que se identificase. “Quiero ver a mi esposa Isabel” –balbuceó el pescador-. “Nuestra Dama no recibe a pordioseros” le gritaron los guardias mientras le empujaban para que dejase libre la entrada. Afortunadamente sus hijos, apostados en lo que pensó sería la torre del homenaje al verle en el descampado,  le llamaron incesantemente: “¡Ven papá, sube con nosotros!”. Los guardias comprendieron que lo mejor sería presentar a ese desarrapado ante su Señora, y que ella decidiese; por lo que tomándole de las axilas lo levantaron y, en volandas, lo llevaron hasta el salón principal donde Isabel envuelta en delicados ropajes se distraía observando las evoluciones de unos titiriteros. “Os dije que no quería ver a ningún mendigo, todos vienen a pedir” –espetó a los soldados. “Pero… Isabel soy yo, tu marido…” – se atrevió decir el abochornado pescador. “Mi hombre falleció en el mar, y tú eres sólo un impostor” –le cortó fría y distante, para dirigirse de nuevo a los soldados- “aunque podéis dejarle en las caballerizas que seguro que allí se encontrará a gusto” – esgrimió ella como un detalle indulgente, al tiempo que hacía un gesto para que retirasen a aquel menesteroso de su presencia, advirtiendo a sus hijos, que en ese momento acaban de asomarse a la puerta del salón, que bajo ningún concepto se arrimasen a tan andrajoso personaje. Jacinto les dedicó una tierna sonrisa, mientras los militares, llevándoselo a rastras, le dejaban tirado con los animales del establo. En seguida pudo distinguir, entre lozanos corceles, a su querida mula que se acercó para dejarse acariciar. Mientras buscaba su jergón de paja, pensó en sus opciones de futuro. Al fin se recostó en un rincón y dejó volar su mente hasta tomar una decisión.
 
Playa del Hotel Costa Narejos
 
No se arrepentía de todas las resoluciones que había asumido en beneficio de su familia, pues él necesitaba muy poco para subsistir, aunque el  impedimento de poder ver y disfrutar de sus vástagos le hundió en una profunda melancolía. Supuso que, en el paso del tiempo probablemente, Isabel reconocería sus logros y, todo fluiría de la misma forma que había transcurrido su vida hasta ese momento, en que se fraguó el primer portento tras su encuentro con las sirenas. Anduvo  cabizbajo varios días entre los animales,  y únicamente se solazaba cuando podía observar a sus hijos, tras un agujero, jugando en el patio de armas. Aquello era una vida muy poco gratificante, por lo que decidió volver a la playa y quizás allí, surgiendo desde el hondo de la laguna, las olas le aportasen algún sensato consejo. Era consciente de que nunca volvería a ver a sus míticos seres, pero una fugaz esperanza y muy especialmente el recuerdo de las horas compartidas seguro aliviarían su desencanto hacía la mujer que un día quiso. Tomó las riendas de la mula y aprovechando la oscuridad de la noche salió del castillo sin ser visto, aprovechando que los soldados dormitaban en sus puestos de guardia. Pronto su querido perro Miku, que había permanecido esas jornadas en el exterior de la fortificación, se unió a su amo saltando y haciendo piruetas contento como estaba de sentirse reconocido por su dueño. Ante la ausencia de la luna y con un cielo cubierto que no dejaba vislumbrar las estrellas  en el firmamento, ni el trazado del camino, prefirió ir despacio hasta que el intenso olor a salitre le guió en la dirección correcta.         
Un intenso color rojizo llenó de pronto el firmamento intentando enviarle un afectuoso mensaje de optimismo en el nuevo día, al tiempo que se miraba nostálgico en el reflejo del mar sin que sus ojos pudiesen escudriñar lo que guardaban sus aguas, ahora, carmesí. Extendió las redes de forma rutinaria, pues, para él solo, sus necesidades eran mínimas y cualquier pescadito le haría un apaño para cubrir su escaso apetito; aunque era más fácil y habitual que su ratonero Miku le atrapase algún conejo, en cuya tarea se mostraba especialmente hábil. Sentado luego en la arena recogió sus piernas y ocultando en ellas su rostro pensó en la historia que le habían contado las sirenas sobre su llegada al Mar Menor. “Ellas eran unas ninfas romanas pertenecientes al séquito de la diosa Venus que vivían en unas fuentes cercanas a la colosal ciudad de Roma durante el imperio. En un viaje a la ciudad de Pompeya, el estallido en erupción del volcán Vesubio hizo naufragar su embarcación, circunstancia que el todopoderoso rey de los mares Neptuno aprovechó para raptar a las ninfas y convertirlas, transformando sus cuerpos, en mitad humanas, mitad pescados, aunque en su desarrollo en el medio marino solían  identificarse y comportarse como peces. Pero Venus celosa del cariño que despertaban en su compañero divino, aprovechó un descuido de éste para alejarlas de las costas del Mar Tirreno y encerrarlas en el Mar Menor y su zona de influencia desde las islas Hormigas hasta la isla Grosa y el islote del Farallón”. El taciturno Jacinto se había quedado tan prendado de sus bellezas marinas, que ahora en la soledad de la playa, y en la conciencia de que nadie le echaría de menos, pues sus hijos pronto terminarían por olvidarle, dejó que los días fuesen transcurriendo apáticos y tristones, de forma que ni siquiera hizo caso de las señales de humo o de los sonidos de los cuernos que advertían de la llegada de berberiscos.
Una mañana, casi al amanecer vio como unas pequeñas chalupas, rodeando la isla de La Perdiguera, donde probablemente se hubiesen apostado durante la noche, se acercaban peligrosamente hacía las playas de Los Alcázares. Quizás hubiese tenido todavía tiempo para salir corriendo, pero una resistencia activa a esos mercaderes de esclavos le podrían condenar irremisiblemente a la muerte, pues eran fieros y despiadados. Se dejó maniatar de pies y manos, y tendido en la playa quedó solo durante toda la jornada, mientras los corsarios salieron corriendo a robar, atacar y destruir todo aquello que se pusiese a su alcance. Volvieron muy quejumbrosos y enfadados al anochecer,  ya que habían tenido algunas bajas en el intento de asalto a una nueva fortificación que habían encontrado al paso. De hecho no habían conseguido atrapar a ninguna persona, y sólo algunas pertenencias de escaso valor era todo el botín que traían consigo. Aquello supuso para Jacinto un gran alivio pues reconocía que por fin su sacrificio había servido para algo útil, y esos desalmados se volverían casi de vacío, ya que él mismo no se reconocía ningún preciado trofeo y sí una inútil carga; aunque sabía, que a partir de ese momento todo serían privaciones, que terminaría su vida como esclavo y muerto de hambre o molido a palos. Le montaron en una de las barquichuelas y después de darle un poco de agua y algunos dátiles que le sirvieron para calmar el hambre, le trasladaron hasta la isla Mayor, donde los piratas habían establecido el campamento en la cara este del islote para ocultarse de los habitantes de la tierra firme. Supuso que al día siguiente intentarían una nueva razia, y efectivamente de madrugada, vio como nuevamente partían en esta ocasión hacia las costas de La Ribera y de Lo Pagán, mientras él quedaba atado a un árbol  vigilado por dos corpulentos africanos que igualmente protegían los bienes incautados hasta el momento y que parecían de poca enjundia, pues se reducían a algunas baratijas y otros abalorios.  
 
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Nuevamente volvieron diezmados y sin otros esclavos que pudieran hacerle compañía, por lo que se sintió aliviado y a la vez triste al no poder hablar con nadie, salvo un pequeño grumete que debió ser cristiano en su día y ahora estaba enrolado en las filas corsarias, que a su vez atendía la intendencia y los encargos menores, como vigilarle. Sabía que pronto partirían, pues en el renacer de la mañana pudo distinguir el velamen de un bajel acercándose a las playas de La Manga. Una patada en los riñones le hizo incorporarse aunque doblado por el intenso dolor, mientras le empujaban hacia uno de los pequeños botes que les llevarían hasta el navío pirata. Allí le encerraron en un cubículo mal oliente, sin ventanas, pero con algún agujero desde donde pudo observar como un corsario malcarado y con turbante se dirigía a sus hombres con gritos y aspavientos. Le supuso cabreado por el escaso botín, y se tranquilizó pensando que al menos no le dejarían morir de hambre, ya que hasta el momento era el único trofeo de los salteadores. Estaban anclados cerca de la gola del Estacio y debían esperar alguna buena racha de aire que arrastrase la embarcación mar adentro. Pronto levantaron anclas y el barco se encamino hacía la isla Grosa, mientras él se puso a silbar con toda la fuerza de sus pulmones aquella canción de cuna que tanto había impresionado a sus sirenas. El efecto fue inmediato pues se desató una fuerte ventisca con ráfagas de viento rolando de levante a lebeche y viceversa. La nave había perdido su control y pudo apreciar cómo se dirigía sin gobierno hacia los salientes de la isla del Farallón, hasta que el desmedido crujir de las maderas con enormes vías de agua y los gritos de pánico  de los ocupantes le hizo concluir que se habían estampado contra algún arrecife. El fuerte impacto le hizo salir despedido cayendo a las todavía frías aguas del Mediterráneo.
Jacinto perdió entonces el conocimiento sintiéndose inmerso en un insondable sopor. Sus sirenas habían acudido a socorrerle, sellando con un beso sus labios para que el agua no encharcase sus pulmones mientras le susurraban: -“Bienvenido a nuestro reino”, y él se dejaba llevar deslizándose  por las praderas de posidonia hasta entrar en el Mar Menor. Entonces les transmitió todo lo que le había ocurrido desde que se separaron, hacía ya dos largos meses. Apenadas y frustradas por la tremenda ingratitud de la mujer de Jacinto, le propusieron un trato: “-Podrás volver a tu existencia anterior, pero todo aquello de lo que disfruta ahora tu familia se perderá irremisiblemente”. El pescador sintió temor por lo que podría ocurrir en el futuro a sus hijos, pero en la actual situación en la que ni tan siquiera consentían  que pudiese verlos, no tenía ningún sentido continuar con esa agonía, por lo que dijo: “Hágase”. Antes de despedirse, dentro ya de la laguna, las sirenas le dijeron: - “Te despertarás sobre la arena de la playa preguntándote si todo ha sido realidad o fruto de una equívoca ilusión”, y con otro beso abrieron sus labios para que respirase con normalidad. Estuvo largo rato semiinconsciente hasta que los ladridos alborozados de su fiel amigo Miku, que había salido huyendo cuando capturaron a su amo y que había vuelto cada día a buscarle, le fueron devolviendo a la existencia real. Tentó sus ropas todavía húmedas y  rememoró lo sucedido convencido de que debía olvidarse cuanto antes de aquella historia. Se levantó y sus ojos se encontraron entonces con una gran concha en la que se podían distinguir ricas perlas de distintos tamaños. Una vez más sus sirenas habían tenido un inmerecido gesto de generosidad que aceptó complacido, aunque muy consciente de lo que aquello significaría si volvía a poner ese tesoro a disposición de su mujer, decidió enterrarlo entre las dunas y disimular el escondite con algunas cañas y restos de algas.
 
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Se dirigió contento hacia su poblado pero algo inquieto por las nuevas circunstancias a las que se debería enfrentar. No obstante el camino se le hizo grato, pues en la ya florecida primavera los intensos olores  del romero, el tomillo y la lavanda, al tiempo que su mirada se deslizaba por los intensos colores del verde palmito, los amarillos radiantes de las margaritas o el azul cielo de la jara cartagenera, junto al trino armonioso de los pajarillos, embriagaron todos sus sentidos. Parecía un mensaje de optimismo. Antes de llegar al pueblo pudo distinguir a lo lejos a su mujer que vestía sus toscos ropajes cubiertos por el mandil agujereado, aunque siempre limpio, que acostumbraba a vestir. Isabel se aproximó hasta su marido para postrarse a sus pies llorando y reclamando su perdón. Sus hijos llegaron corriendo, y todos se fundieron en un entrañable abrazo. La mujer le contó como el castillo había salvado sus vidas de la incursión de los piratas, pero que esta misma mañana un relámpago rasgó el cielo con un ruido ensordecedor, y de pronto se encontró en su antigua choza. Aterrorizada se había dejado caer un rincón meditando sobre lo que le había acontecido en los últimos meses y lo injusta y egoísta que había sido en su comportamiento con su esposo.  Una reflexión que le ayudó a rezar y a pedir que éste volviese sano y salvo a su casa. Jacinto creyó que lo oportuno sería contarle a su mujer una piadosa mentira, diciendo que había conseguido zafarse oculto de los berberiscos, e incluso antes de que embarcasen vio como un collar de perlas robado se le perdía a uno de aquellos maleantes, y que su intención con aquella joya sería la de comprarse una barquita para poder faenar dentro de la laguna. (Nada más lejos de la verdad, aunque sí se compraría la embarcación, pero jamás volvería a echar las redes ni a coger ningún pescado del Mar Menor, salvo aquellos que llegasen a morir, en su cercanía, ya sobre la playa. Había pensado que para subsistir iría, según las necesidades, tomando alguna gema que vendería a los joyeros de la ciudad de Cartagena, con cuyo beneficio obtendría sólo y exclusivamente los alimentos que precisase su familia). Su mujer asintió dichosa porque su hombre había vuelto y con él la esperanza de una existencia sin otros sobresaltos que los de criar a sus hijos en paz y armonía. Jacinto pletórico de alegría pensó que en el futuro, cuando sus hijos ya mayores, capaces de entender lo que significan la abnegación, el trabajo y el sacrificio por haberlo experimentado en sus propias carnes, les daría a conocer esta historia y con ella dispondrían de la parte del tesoro que todavía ocultasen las arenas del Mar Menor.
LUIS CABELLO
   Adaptación del cuento popular ruso escrito por Alexander Puskin.

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